La responsabilidad patrimonial del Estado por vulneración del Derecho de la Unión Europea en la jurisprudencia del Tribunal de Luxemburgo.
El Derecho comunitario reconoce un derecho a indemnización cuando se cumplen tres requisitos, a saber, que la norma jurídica violada tenga por objeto conferir derechos a los particulares, que la violación esté suficientemente caracterizada, y, por último, que exista una relación de causalidad directa entre la infracción de la obligación que incumbe al Estado y el daño sufrido por las víctimas.
Fue a partir de la sentencia de 19 de noviembre de 1991, asunto Francovich y Bonifachi, cuando se estableció el principio de la responsabilidad del Estado por daños causados a los particulares por violaciones del Derecho Comunitario, al indicar:
«Que el Derecho comunitario impone el principio de que los Estados miembros están obligados a reparar los daños causados a los particulares por las violaciones del Derecho comunitario que les sean imputable», principio que se fundamenta en el hecho de que la plena eficacia de las normas comunitarias se vería cuestionada y la protección de los derechos que reconocen se debilitaría si los particulares no tuvieran la posibilidad de obtener una reparación cuando sus derechos son lesionados por una violación del Derecho Comunitario imputable a un Estado miembro.
Añade esta sentencia que la obligación de los Estados miembros de reparar dichos daños se basa también en el artículo 5 del Tratado, en virtud del cual los Estados miembros deben adoptar todas las medidas generales o particulares apropiadas para asegurar el cumplimiento de las obligaciones que les incumben en virtud del Derecho Comunitario. Entre esas obligaciones se encuentra la de eliminar las consecuencias ilícitas de una violación del Derecho Comunitario.Tal planteamiento es válido ya se trate de normas invocables o no directamente por los ciudadanos ante los tribunales, como se precisó por el Tribunal en sentencia de 5 de marzo de 1996, Brasserie du Pêcheur y Factortame, señalando que «así sucede también en el caso de lesión de un derecho directamente conferido por una norma comunitaria que los justiciables tienen precisamente derecho a invocar ante los órganos jurisdiccionales nacionale» y añadiendo como fundamento, que «en este supuesto, el derecho a reparación constituye el corolario necesario del efecto directo reconocido a las disposiciones comunitarias cuya infracción ha dado lugar al daño causado».
Por lo demás, el propio Tribunal
justifica la elaboración de este régimen de responsabilidad, señalando en dicha
sentencia, que a falta de disposiciones en el Tratado que regulen de forma
expresa y precisa las consecuencias de las infracciones del Derecho Comunitario
por parte de los Estados miembros, corresponde al Tribunal de Justicia, en el
ejercicio de la misión que le confiere el artículo 164 del Tratado, consistente
en garantizar la observancia del Derecho en la interpretación y la aplicación
del Tratado, pronunciarse sobre tal cuestión según los métodos de
interpretación generalmente admitidos, recurriendo, en particular, a los
principios fundamentales del sistema jurídico comunitario y, en su caso, a
principios generales comunes a los sistemas jurídicos de los Estados miembros.
El principio, así establecido
expresamente en el artículo 215 del Tratado, de la responsabilidad
extracontractual de la Comunidad, no es sino una expresión del principio
general conocido en los ordenamientos jurídicos de los Estados miembros,
conforme al cual una acción u omisión ilegal produce la obligación de reparar
el perjuicio causado. Esta disposición pone de manifiesto también la obligación
de los poderes públicos de indemnizar los daños causados en el ejercicio de sus
funciones.
Por otro lado, debe señalarse que, en
gran número de sistemas jurídicos nacionales, el régimen jurídico de la
responsabilidad del Estado ha sido elaborado de modo determinante por vía
jurisprudencial.
En la sentencia de 4 de julio de 2000,
Haim II, el Tribunal de Justicia proclama con carácter general que la
responsabilidad por los daños causados a los particulares por violaciones del
Derecho Comunitario imputables a una autoridad pública nacional constituye un
principio, inherente al sistema del Tratado, que genera obligaciones a cargo de
los Estados miembros (véanse también las sentencias de 19 de noviembre de 1991,
Francovich y otros, asuntos acumulados C-6/90 y C-9/90, Rec. p. I-5357,
apartado 35; de 5 de marzo de 1996, Brasserie du Pêcheur y Factortame, asuntos
acumulados C- 46/93 y C-48/93, Rec. p. I-1029, apartado 31; de 26 de marzo de
1996, British Telecommunications, C-392/93, Rec. p. I-1631, apartado 38; de 23
de mayo de 1996 , Hedley Lomas, C-5/94, Rec. p. I-2553, apartado 24; de 8 de
octubre , Dillenkofer y otros, asuntos acumulados C-178/94, C-179/94 y C-188/94
a C- 190/94, Rec. p. I-4845, apartado 20, y de 2 de abril de 1998, Norbrook
Laboratories, C-127/95, Rec. p. I- 1531, apartado 106).
La responsabilidad del Estado miembro se
produce y es exigible por la vulneración del Derecho Comunitario, con
independencia del órgano del mismo autor de la acción u omisión causante del
incumplimiento, incluso en los casos en los que lo haya sido un legislador
nacional, como ha establecido el Tribunal de Justicia en la citada sentencia de
5 de marzo de 1996 , Brasserie du Pêcheur y Factortame, al señalar que «el
principio conforme al cual los Estados miembros están obligados a reparar los
daños causados a los particulares por las violaciones del Derecho comunitario
que les sean imputables es aplicable cuando el incumplimiento reprochado sea
atribuido al legislador nacional».
En tal sentido, señala el Tribunal de
Justicia en la citada sentencia de 4 de julio de 2000, Haim II, que incumbe a
cada Estado miembro garantizar que los particulares obtengan la reparación del
daño ocasionado por el incumplimiento del Derecho Comunitario, sea cual fuere
la autoridad pública que haya incurrido en dicho incumplimiento y sea cual
fuere aquella a la que, con arreglo al Derecho del Estado miembro afectado, le
corresponda en principio hacerse cargo de dicha reparación (sentencia del TJUE de 1 de
junio de 1999, Konle, C-302/97, Rec. p. I-3099, apartado 62).
Por tanto, los Estados miembros no
pueden liberarse de la mencionada responsabilidad ni invocando el reparto
interno de competencias y responsabilidades entre las entidades existentes en
su ordenamiento jurídico interno ni alegando que la autoridad pública autora de
la violación del Derecho Comunitario no disponía de las competencias,
conocimientos o medios necesarios.
En cuanto a los requisitos exigidos para
dar lugar a indemnización en virtud de dicha responsabilidad del Estado
miembro, el Tribunal de Justicia ha desarrollado una doctrina desde esa inicial
sentencia (Francovich y Bonifachi), señalando que dependen de la naturaleza de
la violación del Derecho Comunitario que origine el perjuicio causado,
precisando que cuando un Estado miembro incumple la obligación que le incumbe
de adoptar todas las medidas necesarias para conseguir el resultado prescrito
por una Directiva, la plena eficacia de esa norma de Derecho comunitario impone
un derecho a indemnización siempre y cuando concurran tres requisitos: que el
resultado prescrito por la Directiva implique la atribución de derechos a favor
de particulares; que el contenido de estos derechos pueda ser identificado
basándose en las disposiciones de la Directiva; y que exista una relación de
causalidad entre el incumplimiento de la obligación que incumbe al Estado y el
daño sufrido por las personas afectadas.
Este planteamiento inicial se desarrolla
en la sentencia Brasserie du Pêcheur y Factortame, según la cual:
«el Derecho comunitario reconoce un derecho a indemnización cuando se cumplen tres requisitos, a saber, que la norma jurídica violada tenga por objeto conferir derechos a los particulares, que la violación esté suficientemente caracterizada, y, por último, que exista una relación de causalidad directa entre la infracción de la obligación que incumbe al Estado y el daño sufrido por las víctimas».
En efecto, estos requisitos satisfacen,
en primer lugar, las exigencias de la plena eficacia de las normas comunitarias
y de la tutela efectiva de los derechos que éstas reconocen. Ello es así porque
todos los poderes públicos, incluidos los tribunales, deben actuar con pleno
sometimiento al conjunto del ordenamiento jurídico, incluido el Derecho de la
Unión Europea, que, en virtud del principio de primacía, desplaza y hace
inaplicables aquellas disposiciones normativas del derecho interno que sean
contrarias al Derecho Comunitario. Así lo ha declarado una reiterada
jurisprudencia del TJUE que, ya desde la sentencia Costas contra Enel, de 15 de
julio de 1964, proclama el principio de primacía como un principio
consustancial para la efectividad del derecho de la Unión Europea. En
consecuencia, si una norma nacional es contraria a una disposición del Derecho
europeo, las autoridades de los Estados miembros deben inaplicar el Derecho
nacional para aplicar la disposición europea. El Derecho nacional no se anula, pero
su carácter obligatorio queda desplazado.
En segundo lugar, estos requisitos se
corresponden, sustancialmente, con los establecidos sobre la base del artículo
215 por el Tribunal de Justicia en su jurisprudencia relativa a la
responsabilidad de la Comunidad por daños causados a particulares debido a
actos normativos ilegales de sus Instituciones.
De los tres requisitos es el segundo el
que plantea mayores dificultades para su concreción en cada caso, de manera que
el propio Tribunal viene a indicar los elementos que pueden valorarse al
efecto, señalando que el criterio decisivo para considerar que una violación
del Derecho comunitario es suficientemente caracterizada es el de la
inobservancia manifiesta y grave, por parte tanto de un Estado miembro como de
una Institución comunitaria, de los límites impuestos a su facultad de
apreciación.
A este respecto, entre los elementos que
el órgano jurisdiccional competente puede tener que considerar, debe señalarse
el grado de claridad y de precisión de la norma vulnerada, la amplitud del
margen de apreciación que la norma infringida deja a las autoridades nacionales
o comunitarias, el carácter intencional o involuntario de la infracción
cometida o del perjuicio causado, el carácter excusable o inexcusable de un
eventual error de Derecho, la circunstancia de que las actitudes adoptadas por
una Institución comunitaria hayan podido contribuir a la omisión, la adopción o
al mantenimiento de medidas o de prácticas nacionales contrarias al Derecho
Comunitario.
En cualquier caso, una violación del
Derecho Comunitario es manifiestamente caracterizada cuando ha perdurado a
pesar de haberse dictado una sentencia en la que se declara la existencia del
incumplimiento reprochado, de una sentencia prejudicial o de una jurisprudencia
reiterada del Tribunal de Justicia en la materia, de las que resulte el
carácter de infracción del comportamiento controvertido.
La infracción del deber de transposición
de una Directiva en el plazo establecido se viene considerando, «per se», una
infracción manifiesta y grave, por lo que dará lugar a indemnización .
La obligación de reparar los daños
causados a los particulares no puede supeditarse a un requisito, basado en el
concepto de culpa, que vaya más allá de la violación suficientemente
caracterizada del Derecho comunitario. En efecto, imponer un requisito suplementario
de tal naturaleza equivaldría a volver a poner en entredicho el derecho a
indemnización que tiene su fundamento en el ordenamiento jurídico comunitario.
La sentencia de 4 de julio de 2000, Haim
II, refleja de una forma casi completa la doctrina del Tribunal de Justicia
respecto de este segundo requisito, señalando que:
«... por una parte, una violación está
suficientemente caracterizada cuando un Estado miembro, en el ejercicio de su
facultad normativa, ha vulnerado, de manera manifiesta y grave, los límites
impuestos al ejercicio de sus facultades (véanse las sentencias, antes citadas,
Brasserie du Pêcheur y Factortame, apartado 55; British Telecommunications,
apartado 42, y Dillenkofer, apartado 25), y que, por otra parte, si el Estado
miembro de que se trate, en el momento en que cometió la infracción, sólo
disponía de un margen de apreciación considerablemente reducido, incluso
inexistente, la mera infracción del Derecho comunitario puede bastar para
demostrar la existencia de una violación suficientemente caracterizada (véanse
las sentencias, antes citadas, Hedley Lomas, apartado 28, y Dillekofer,
apartado 25).
39. A este respecto, procede recordar
que la obligación de reparar los daños causados a los particulares no puede
supeditarse a un requisito, basado en el concepto de culpa, que vaya más allá
de la violación suficientemente caracterizada del Derecho comunitario
(sentencia Brasserie du Pêcheur y Factortame, antes citada, apartado 79).
40. Pues bien, el margen de apreciación
mencionado en el apartado 38 de la presente sentencia es el margen de que
dispone el Estado miembro considerado. Su existencia y amplitud se determinan
en relación con el Derecho comunitario, y no con el Derecho nacional. Por
consiguiente, el margen de apreciación que el Derecho nacional, en su caso,
confiera al funcionario o a la Institución que haya violado el Derecho
comunitario carece de importancia a este respecto.
41. De la jurisprudencia citada en ese
mismo apartado 38 se desprende también que una mera infracción del Derecho
comunitario por parte de un Estado miembro puede constituir una violación
suficientemente caracterizada, pero no la constituye necesariamente.
42. Para determinar si una infracción
del Derecho comunitario constituye una violación suficientemente caracterizada,
el Juez nacional que conozca de una demanda de indemnización de daños y
perjuicios deberá tener en cuenta todos los elementos que caractericen la
situación que se le haya sometido.
43. Entre los elementos que acaban de
mencionarse, figuran el grado de claridad y de precisión de la norma vulnerada,
el carácter intencional o involuntario de la infracción cometida o del
perjuicio causado, el carácter excusable o inexcusable de un eventual error de
Derecho y la circunstancia de que las actitudes adoptadas por una Institución
comunitaria hayan podido contribuir a la adopción o al mantenimiento de medidas
o de prácticas nacionales contrarias al Derecho comunitario (véase la sentencia
Brasserie du pêcheur y Factortame, antes citada, apartado 56, sobre los
requisitos para que el Estado incurra en responsabilidad como consecuencia de
los actos y omisiones del legislador nacional contrarios al Derecho
comunitario)».
La garantía del derecho de indemnización
de los particulares y el conocimiento de las oportunas reclamaciones
corresponde a los jueces y tribunales nacionales, como ya se indicaba en la
inicial sentencia de 19 de noviembre de 1991, «encargados de aplicar, en el
marco de sus competencias, las disposiciones de Derecho comunitario, garantizar
la plena eficacia de tales normas y proteger los derechos que confieren a los
particulares»( véanse,
principalmente, las sentencias de 9 de marzo de 1978, Simmenthal, C-106/77, y
de 19 de junio de 1990, Factortame, C-213/89), señalándose en la de 5 de marzo
de 1996 que «el Tribunal de Justicia no puede sustituir la apreciación de los
órganos jurisdiccionales nacionales, únicos competentes para determinar los
hechos de los asuntos principales y para caracterizar las violaciones del
Derecho comunitario de que se trata, por la suya propio», añadiendo que
«corresponde a los órganos jurisdiccionales nacionales comprobar si existe una
relación de causalidad directa entre el incumplimiento de la obligación que
incumbe al Estado y el daño sufrido por las personas lesionadas».
En el mismo sentido se expresa la
sentencia del TJUE de 4 de julio de 2000.
En lo que atañe al procedimiento y marco
normativo en que han de desarrollarse las correspondientes reclamaciones de
responsabilidad por incumplimiento del Derecho Comunitario, señala el Tribunal
de Justicia (sentencia de 19 de noviembre de 1991) que:
«El Estado debe reparar las consecuencias del perjuicio causado en el marco del Derecho nacional en materia de responsabilidad. En efecto, a falta de una normativa comunitaria, corresponde al ordenamiento jurídico interno de cada Estado miembro designar los órganos jurisdiccionales competentes y regular las modalidades procesales de los recursos judiciales destinados a garantizar la plena protección de los derechos que corresponden a los justiciables en virtud del Derecho comunitario (véanse las sentencias de 22 de enero de 1976, Russo, 60/75, Rec. p. 45; de 16 de diciembre de 1976, Rewe, 33/76, Rec. p. 1989, y de 7 de julio de 1981, Rewe, 158/80, Rec. p. 1805 ).
43.- Debe señalarse, además, que las condiciones, de fondo y de forma, establecidas por las diversas legislaciones nacionales en materia de indemnización de daños no pueden ser menos favorables que las referentes a reclamaciones semejantes de naturaleza interna y no pueden articularse de manera que hagan prácticamente imposible o excesivamente difícil obtener la indemnización (véase, en lo que respecta a la materia análoga del reembolso de gravámenes percibidos en contra de lo dispuesto por el Derecho comunitario, especialmente la sentencia de 9 de noviembre de 1983, San Giorgio, 199/82, Rec. p. 3595 )»
Precisa el Tribunal de Justicia (sentencia del TJUE de 5 de marzo de 2006) que:
«...en los casos en que una violación del Derecho comunitario por un Estado miembro sea imputable al legislador nacional que ha actuado en un ámbito en el que dispone de un margen de apreciación amplio para adoptar opciones normativas, los particulares lesionados tienen derecho a una indemnización cuando la norma de Derecho comunitario violada tenga por objeto conferirles derechos, la violación esté suficientemente caracterizada y exista una relación de causalidad directa entre esta violación y el perjuicio sufrido por los particulares. Con esta reserva, el Estado debe reparar las consecuencias del perjuicio causado por una violación del Derecho comunitario que le es imputable, en el marco del Derecho nacional en materia de responsabilidad, teniendo en cuenta que los requisitos fijados por la legislación nacional aplicable no podrán ser menos favorables que los referentes a reclamaciones semejantes de naturaleza interna y que no podrán articularse de manera que hagan prácticamente imposible o excesivamente difícil obtener la reparación».
Igualmente, y por lo que atañe la
determinación de la reparación del daño, establece el Tribunal de Justicia (sentencia del TJUE de 5 de marzo de 1996, Brasserie du Pêcheur y Factortame), que:
«la reparación, a cargo de los Estados miembros, de los daños que han causado a los particulares por las violaciones del Derecho comunitario debe ser adecuada al perjuicio por éstos sufrido. A falta de disposiciones comunitarias en este ámbito, corresponde al ordenamiento jurídico interno de cada Estado miembro fijar los criterios que permitan determinar la cuantía de la indemnización , que no pueden ser menos favorables que los que se refieran a reclamaciones o acciones semejantes basadas en el Derecho interno y que, en ningún caso, pueden articularse de manera que hagan prácticamente imposible o excesivamente difícil la reparación. No es conforme al Derecho comunitario una normativa nacional que limite, de manera general, el daño indemnizable únicamente a los daños causados a determinados bienes individuales especialmente protegidos, excluyendo el lucro cesante sufrido por los particulares. Por otra parte, en el marco de reclamaciones o acciones basadas en el Derecho comunitario, debe poder concederse una indemnización de daños y perjuicios particulares, como son los daños y perjuicios "disuasorios" previstos por el Derecho inglés, si el derecho a dicha indemnización puede ser reconocido en el marco de reclamaciones o acciones similares basadas en el Derecho interno».
En cuanto al ámbito temporal de la
responsabilidad del Estado miembro, el Tribunal de Justicia de la UE señala en la
sentencia de 5 de marzo de 1996, que:
«la obligación, a cargo de los Estados miembros, de reparar los daños causados a los particulares por las violaciones de Derecho comunitario que les son imputables no puede limitarse únicamente a los daños sufridos con posterioridad a que se haya dictado una sentencia del Tribunal de Justicia en la que se declare el incumplimiento reprochado».
Pero en la misma sentencia, ante la solicitud de limitación de la indemnización a los daños producidos después de que se dicte la sentencia, en la medida en que los perjudicados no hubieren iniciado previamente un procedimiento judicial o una reclamación equivalente, el Tribunal de Justicia señala que:
«procede recordar que, el Estado debe reparar las consecuencias del perjuicio causado, en el marco del Derecho nacional sobre responsabilidad. Los requisitos de fondo y de forma, fijados por las distintas legislaciones nacionales en materia de indemnización de daños , pueden tener en cuenta las exigencias del principio de seguridad jurídica».
En particular y por lo que se refiere a
la labor que desempeñan los órganos jurisdiccionales de los Estados miembros en
este ámbito, en dos sentencias fundamentales para la construcción y efectividad
del Derecho comunitario (sentencia Simmenthal, de 9 de marzo de 1978, y
sentencia Factortame III, de 5 de marzo de 1996 ), el TJCE recordó expresamente
que los Jueces nacionales deben garantizar la eficacia del Derecho Comunitario
y la protección de los derechos que confiere a los particulares, garantía que
expresamente se extiende a la posibilidad de obtener una reparación en aquellos
casos en que sus derechos son vulnerados como consecuencia de una violación del
Derecho Comunitario.
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